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Educar un día tras otro

Raquel Rodríguez de Bujalance

He ido a vivir a un edificio de apartamentos con ventanas a un estrecho patio interior desde las que se oye casi todo lo que pasa en la cocina de enfrente.

 Aun no conozco a mi vecina, sin embargo, mi admiración por ella aumenta cada día. Está en casa con dos niños uno de meses y otro de unos dos años, tiene más pero pasan parte del día en el colegio. Su voz, me ha dado a conocer que es una mujer de temple, con auténtica  paciencia y con resortes para acallar al mayor, y recursos para dejar llorar al de meses cuando – es preciso – sin perder los nervios, y acudir después a él con todo tipo de mimos

En algún momento he pensado, ¿qué hará el tiempo con los hijos de tan buena madre? No lo sé. Pero existe en su forma de hacer diario un buen modo de construir, hay  una actuación educadora, sin riñas, sin consejitos, sin empaques, directa, cuajada de la experiencia que seguramente le ha proporcionado el cuidado de sus hijos mayores.

EDUCAR  A DIARIO

El trabajo diario aparentemente sin importancia, es necesario para obtener el fruto.

No se educa con frases rotundas, consejos repetidos machaconamente y con gesto adusto ante los errores de los hijos pequeños o  grandes, con broncas de tormenta que dejan el aire familiar cortante y el corazón de las criaturas como entre el cielo y la tierra, con el hipo contenido, las lágrimas en vilo... Así solo se estremece a la familia y la casa se queda en suspenso; luego  cada cual-, si puede, lo olvida.

El equilibrio educativo de los padres, la ponderación y el saber hacer es una tarea difícil para la que sin embargo, cualquier padre o madre está preparado.

SOBREVIVIR  NO ES SUFICIENTE

Durante los primeros años de un matrimonio,  los dos luchan por labrarse un camino profesional, subir, alcanzar un puesto y mejorar a base de trabajo duro e intenso; Los ingresos resultan insuficientes para pagar la hipoteca, montar la casa, etc. Esta lucha por la supervivencia se lleva la mejor parte de las energías de ambos, tanto si ella trabaja fuera de casa, como si trabaja dentro cuidando y educando a sus hijos.

Son años que pasan muy rápidos, y que suponen ujna auténtica aventura. Nunca se sabe dónde va a llegar el susto: si de la factura del coche averiado, de la rotura de un electrodoméstico, del colegio de tu hijo  con una brecha en la frente, de una fiebre incontrolada a las dos de la mañana, o del ajuste laboral en la empresa. 

NO VALE DECIR ESTOY CANSADO/A

¿Cómo se educa a los hijos en este escenario? Como los niños van creciendo, muchos padres  piensan inconscientemente, sin más reflexiones que con el tamaño viene también el conocimiento y el saber hacer; es en parte cierto, pero solo en parte; la realidad es que muchas cosas importantes no se aprenden solas y que la teoría del buen salvaje, de Rouseau   no resulta efectiva. En esta etapa de intenso trabajo y muchas preocupaciones para los padres, los niños con sus dos, tres , seis años se llevan  más cachetes que explicaciones.

Esta etapa dura hasta que el mayor cumple doce años. A esa edad él tiene ya su mundo particular, con realidades y fantasías; su interés vital se centra básicamente en la pandilla, sus amigos de colegio, su equipo a veces, su grupo  ha adquirido dentro de su mundo personal mayores dimensiones que los intereses de su casa, que en gran parte ignora, es todavía un niño, y en la que no tienen toda la libertad que desea; si sus padres además, no le han dado responsabilidades, tareas concretas materiales y de cuidado de sus hermanos más pequeños, él no tiene nada que hacer: así piensa o simplemente así actúa sin pensarlo.

Para que esto no ocurra hace falta que la casa  se haya convertido con el tiempo y el cariño entre el matrimonio y los hijos y los hermanos entre sí, en hogar: hay cientos de casas perfectamente ambientadas y amuebladas que no son hogar: lugar apacible de descanso y espontaneidad.

ANTES DE QUE CIERREN LA PUERTA

Si los padres no han sabido captar la intimidad de sus hijos antes de que cumplan lo 8, 9 años, es decir, si se les han  pasado los 6,7,8 años  sin hacerles apenas caso porque los atiende una chica, o no dan muchos problemas, o son buenos estudiantes. En una palabra no han ocasionado conflictos y han pasado inadvertidos, ellos han tejido, en ese breve tiempo de un año o dos, los hilos de su mundo particular en el que los mayores son punto y aparte. Quizá la puerta esté aún entreabierta y no cerrada como ocurre cuando se han hecho adolescentes por su cuenta, sin compartirlo; si la puerta está entreabierta puede abrirse, siempre con el esfuerzo de tener que empujar.

A los 15 y 17 años serán “amigos” de los padres si lo eran antes, ninguna  amistad se improvisa, tampoco esta, aunque tenga raíces en la misma carne; si han tenido responsabilidades en la casa y han recibido cariño y comprensión por parte de sus progenitores,  lo darán, ayudarán en casa, y en el cuidado de sus hermanos más pequeños, serán capaces de comprender los problemas económicos  de la familia y con este conocimiento apoyar a sus padres, anulando caprichos, evitando gastos, ganando por su cuenta algo de dinero para gastarlo en sus cosas, con la ilusión de verse ya mayores.

Si la casa es hogar, pese a los sustos y disgustos, escapadas pasajeras, travesuras de mayor tono, etc. todo tiene arreglo, porque todo estará arropado por el cariño, también las reprimendas necesarias, y todos sabrán, sin necesidad de hablar de ello, que es o que está bien y lo que está mal, y como puede arreglarse su mala conducta. Desde esa buena confianza todo lo bueno es posible.

 ACTUAR POSITIVO

Muchas veces las crisis de los hijos tienen por base las crisis de sus padres. Algunos padres actúan en casa después de la cansada  jornada laboral como tiranos: su entrada en casa (más la del padre que de la madre) significa la llegada de una oleada de temores: todos estaban más o menos  felices con sus tareas o sus cosas,  pero al cruzar la puerta  el humor paterno invade la casa una nube de incertidumbre, ¿por qué motivo me reñirán esta noche ...?. Otras veces es el egoísmo: el llegar a casa para encerrarse, en su sillón o en su mutismo; otras la comodidad, la inercia de vivir, el cansancio, la falta de cariño explícito hacia los demás, a veces es la falta de serenidad de la madre.

Para solucionar estas situaciones solo es necesario cambiar de actitud, abandonar algunas costumbres y volver antes a casa para estar con ellos, hacerse asequible, escuchar, exigir, charlar con ellos. Tomar cualquier situación con calma, asumir el título de “profesora  de tareas para mañana”, sin perder nunca la alegría.

La educación no es un minuto brillante es la historia de la familia, sino la suma de pequeñas cosas y la dedicación de tiempo para estar con los hijos. El verano es el tiempo ideal para reconducir cualquier situación.

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