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El
hombre del siglo XXI
Raquel Rodríguez de Bujalance
La
identidad masculina se ha configurado siempre en términos de
competitividad y poder; rasgos como el miedo, las lágrimas, el dolor o
cualquier manifestación extrema de sentimientos no tenían cabida en el
estereotipo de hombre. El rechazo de estas emociones implica la negación
de uno mismo y la incapacidad para crecer como persona.
No
somos iguales El desarrollo de la identidad se forja mediante la interacción de la persona con su entorno social y cultural. Es indudable que existen diferencias físicas y psicológicas entre hombres y mujeres, si bien es cierto que sus identidades se manifiestan como tales a través de la relación con otras personas, costumbres, normas o estereotipos vigentes de las sociedades en las que viven. A
lo largo del proceso de socialización, el niño interioriza las normas y
valores propios de una sociedad básicamente patriarcal. A través de su
aprendizaje en la familia, escuela, grupo de amigos y medios de comunicación,
alcanza el significado del comportamiento “masculino”. El
niño descubre que un hombre de “verdad” es el que se comporta
siguiendo una serie de patrones y los diferencia de aquellos que no debe
presentar por ser propios del mundo femenino. Estos rasgos han sido
durante tiempo inmemorial:
El
hombre, por tanto, se encuentra atrapado en un laberinto de roles,
exigencias y mandatos que paralizan su capacidad de sentir y de
exteriorizar sus emociones. Ante
esto, o bien puede seguir bajo el peso de la norma social, con la
consiguiente pérdida de sí mismo, o aventurarse en un proceso de
aceptación y comprensión personal. No se trata de asumir lo denominado
“femenino”, la masculinidad no se completa únicamente con esos
rasgos, ni se trata de alcanzar un prototipo de hombre afeminado.
La verdadera feminidad Para
tenerlo más claro sólo hay que observar el cambio social en los
estereotipos protagonizado por la mujer. A lo largo de los años 50, 60 y
70, la mujer se alza frente a la represión masculina vivida a lo largo de
la historia, interioriza los valores masculinos como propios y busca en
ellos una reafirmación errónea de sí misma. Es en los 90 cuando
adquiere conciencia de que la verdadera feminidad no radica en asumir
roles puramente masculinos, sino en saber expresar y entender como mujer
atributos socialmente encasillados en el mundo masculino. Es un
conocimiento profundo que supone un giro radical en su situación y en
todos los aspectos de su vida, educación, trabajo, familia o relaciones
personales con su entorno. Igual debe ocurrir en el caso de
los hombres. Las
tres décadas de transformación de lo femenino son imprescindibles en la
modificación de las
relaciones humanas de nuestra sociedad, pero es insuficiente sin
el cambio de lo masculino.
Así, frente a este modelo tradicional, cada vez cobra más fuerza el concepto de una nueva masculinidad, basada en la superación de las barreras, los estereotipos y las normas sociales. Consiste en alcanzar una identidad masculina que permita al individuo ser persona en el más amplio sentido de la palabra. Este nuevo modelo se basaría en:
Es, en resumen, una masculinidad que permita el desarrollo personal y profesional, la exteriorización de las emociones y la participación en una relación profunda con los demás.
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