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Belleza, signo de esplendor interior

 

Raquel Rodríguez de Bujalance

 

La belleza ha sido fuente de inspiración desde el principio de los tiempos. Los

poetas y escritores más destacados de la literatura universal han reflejado sus mejores pensamientos teniendo a esta musa como guía. Hoy son también muchos los personajes que hablan de la importancia de la belleza en la vida actual. Uno de ellos ha sido  Juan Pablo II quien reflexionó sobre este concepto utilizando la parte del Salmo 44, «Las nupcias del rey».

 

En este salmo, que presenta una descripción del rey que va a celebrar su boda, el perfil del esposo real está trazado de forma solemne, destacando la belleza, signo de esplendor interior y de bendición divina. También subraya la relación entre la belleza y la justicia, pues aquélla se debe conjugar con la bondad y la santidad de vida para hacer resplandecer en el mundo el rostro de Dios, bueno, admirable y justo.
 Esta es la primera parte del Salmo 44 (2-10), «Las nupcias del rey»:

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a mi rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

 Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra».

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.




1. «Recito mis versos a mi rey»: estas palabras del inicio del Salmo 44 orientan al lector sobre el carácter fundamental de este himno. El escriba de la corte que lo compuso nos revela inmediatamente que se trata de un canto en honor del soberano judío. Es más, al recorrer los versículos de la composición, se puede ver que se está en presencia de un epitalamio, es decir, un cántico nupcial.

Los estudiosos han tratado de identificar las coordenadas históricas del Salmo, basándose en indicios, como la relación de la reina con la ciudad fenicia de Tiro (Cf. versículo 13), pero sin lograr identificar de manera precisa a la pareja real. Es de destacar que habla de un rey judío, pues esto ha permitido a la tradición judía transformar el texto en un canto al rey Mesías, y a la cristiana releer el salmo en clave cristológica y, a causa de la presencia de la reina, también en una perspectiva mariológica.

2. La Liturgia de las Vísperas  presenta este salmo como oración, dividiéndolo en dos partes. Acabamos de escuchar la primera (Cf. versículos 2-10) que, tras la introducción del escriba autor del texto ya evocada (Cf. versículo 2), presenta un espléndido retrato del rey que está a punto de celebrar su boda.

Por este motivo, el judaísmo ha visto en el Salmo 44 un canto nupcial, que exalta la belleza y la intensidad del don del amor entre los cónyuges. En particular, la mujer puede repetir con el Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado» (2,16). «Yo soy para mi amado y mi amado es para mí» (6,3).

3. Se traza el perfil del esposo real de manera solemne, recurriendo a una escena de corte. Lleva las insignias militares (Salmo 44, 4-6), a las que se añaden suntuosos vestidos perfumados, mientras en el fondo brillan los edificios revestidos de marfil con sus salas grandiosas en las que resuena la música (Cf. versículos 9-10). En el centro, se eleva el trono y se menciona el cetro, dos signos del poder y de la investidura real (Cf. versículos 7-8).

Quisiéramos subrayar dos elementos. Ante todo, la belleza del esposo, signo de un esplendor interior y de la bendición divina. «Eres el más bello de los hombres» (versículo 3). Precisamente en virtud de este versículo, la tradición cristiana representó a Cristo en forma de hombre perfecto y fascinante. En un mundo, que con frecuencia está marcado por la fealdad y la degradación, esta imagen constituye una invitación a volver a encontrar la «via pulchritudinis» [la vía de la belleza, ndr.] en la fe, en la teología, y en la vida social para elevarse hacia la belleza divina.

4. Ahora bien, la belleza no es un fin en sí misma. De hecho, el soberano,  «cabalga por la verdad y la justicia» (versículo 5); «ama la justicia y odia la impiedad» (versículo 8), y «de rectitud es tu cetro real» (versículo 7). Hay que armonizar, termina el Papa, la belleza con la bondad. Sin bondad no puede haber belleza.

 

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