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Saber
comer para evitar la celulitis

En
la actualidad, todos los
especialistas de la nutrición se muestran unánimes en un punto: los
regímenes hacen más mal que bien. Y cuanto más
restrictivos, más nocivos son. Primero porque la
frustración genera
obligatoriamente comportamientos anárquicos y luego porque una
alimentación desequilibrada tiene siempre efectos desastrosos.
Para
tener buena salud, debemos comer de todo, pero no en las mismas
proporciones. Para regular correctamente la alimentación, hay que saber
lo que nos aporta cada
categoría de nutrientes y,
si controlamos el peso, es útil que conozcamos
nuestra “capacidad de almacenamiento”.
Nuestros
alimentos se reparten en tres grandes categorías: los glúcidos, que
representan todos los azúcares, rápidos y lentos, las proteínas, de
origen animal o vegetal, y los lípidos,
que comprenden las diversas variedades de grasas. Más las fibras, que
no tienen valor nutricional propio, pero desempeñan un importante
papel como “nutriente asociado”. Éstas están compuestas
esencialmente de celulosa y provienen de los vegetales: legumbres,
frutos, cereales completos. Su papel es el de aumentar
el bolo alimenticio y favorecer las secreciones digestivas. Además,
actúan como una especie de cepillo de fregar que limpia el colon.
Lo
glúcidos, una carga eléctrica
Los
glúcidos son los azúcares. Los “rápidos” tienen nombres acabados
en osa: glucosa (azúcar blanco), fructosa (frutas), lactosa (leche).
Absorbidos muy rápidamente, se encuentran en menos de una hora en
cantidad importante en la sangre. Son grandes desencadenantes
de la secreción de insulina. Se utilizan en caso de esfuerzo
intenso. Los azúcares “lentos” se encuentran en las harinas, el
pan, las pastas, el arroz... en las patatas y en la féculas: lentejas,
judías, guisantes... Para absorberlos, son necesarias varias horas: son
los que proporcionan la energía necesaria
para nuestros movimientos y el funcionamiento
de nuestros órganos. El cerebro en particular, se nutre de ellos
casi en exclusiva. Son indispensables en caso de esfuerzo prolongado. No
se debe prescindir de los glúcidos, que deben constituir el 55% de la
ración alimenticia. La dosis mínima diaria es de 120 g. Pero hay que
evitar con cuidado los glúcidos rápidos fuera de las comidas, porque
desencadenan “descargas” de insulina. Y es prudente limitarlos por
la noche, al estar la célula particularmente
ansiosa de glucosa por la noche.
A
modo de ejemplo: 100 g de azúcar equivalen a 100 g de glúcidos, 100 g
de pan a 50 g, 100g de leche a 5 g, 100g de patatas a 50 g.
Tenemos
tendencia a reducir demasiado los glúcidos lentos, lo que engendra
deseo de...¡azúcares rápidos!.
Los
lípidos, la energía de fondo
Se
les clasifica en dos categorías: las grasas “saturadas”, las más
nocivas, son esencialmente de
origen animal; las grasas “insaturadas”, s on sobre todo de origen
vegetal, pero también provienen de los peces. Los lípidos son muy
energéticos (9 calorías por gramo) y muy almacenables. Además de
energía, nos aportan ciertos
ácidos grasos esenciales para el buen funcionamiento
del organismo y que nosotros no somos capaces de sintetizar (los
famosos ácidos linoléico y linolénico), y ciertas vitaminas
liposolubles (A,E).
La
ración normal es de alrededor de 60 g para una mujer y 80 g para el
hombre y no debe sobrepasar el 2% de la ración alimenticia. Por tanto,
hay que prestar atención a los lípidos “escondidos”: un croissant
= 20 g, una quiche Lorrane =42 g.
¡A
este ritmo se sobrepasa muy rápido la ración!
Las
proteínas: el material básico
Aportan
aminoácidos esenciales cuyo papel es asegurar el mantenimiento, el
crecimiento y la reparación de nuestros tejidos. Son
también el material básico de sustancias vitales: enzimas, hormonas, tansmisores, etc. Nuestro
organismo no los almacena y no las fabrica. Si nos faltan, nos vemos
abocados a utilizar nuestros propios prótidos (músculos). Un aporte
diario de proteínas es, por tanto, indispensable. Se cifra esta
necesidad en alrededor de 1
g por kilo de peso. Debe representar el 15% de la ración alimenticia.
Lo ideal es repartir equitativamente las proteínas animales (carne,
pescado, huevos, lácteos) y las proteínas vegetales (cereales,
leguminosas, como las lentejas, las judías, los guisantes, la soja).
Ejemplos: 1 huevo representa 6 g de proteínas, 120 g de carne o de
pescado, 25 g; 100 g de lentejas, 25 g, 40 g de queso, 10 g; 100 g de
pan, 8 g..
Por
tanto, ¡se alcanza rápido la ración! Según las estadísticas, la
mayoría de nosotros la
sobrepasa ampliamente.
Las
fibras: una acción de regulación
No
tienen valor energético, no aportan material de construcción. Pero
desempeñan un papel muy importante en el equilibrio alimentario. Tienen
efectos beneficiosos sobre la absorción de los nutrientes, reducen la
absorción de los lípidos y ralentizan
la de los glúcidos. Y tienen
una acción reguladora del tránsito intestinal. Deberíamos
consumir por lo menos de 30 a 40 g al día, pero solemos estar muy por
debajo (15 a 20 g como
media). A modo de ejemplo,50 g de lechuga equivale a 0,7 g de fibras, 50
g de pan a 3 g.
Las
fibras no son calóricas ni almacenables.
Del
libro
“Los
biorritmos de la celulitis” de Thérése Hamel para los laboratorios
Elancyl de Galénic.
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